Y mientras Gaspard creía contemplar a un ángel, en el extremo más bajo de Rocamour, ya casi en las afueras, un forastero creía perseguir a otro que desde luego nada tenía en común con los servidores del cielo salvo su belleza. El hombre era un soldado de Brujas que acompañaba a su señor en su larga peregrinación hasta Compostela. Lo hastiaba. Con lo fácil que era coger un barco, tenían que recorrer toda Francia y el norte de la peligrosa Península Ibérica para rezarle a las reliquias de otro santo más. Pero así eran los Señores, caprichosos, ociosos, sin nada más a qué dedicarse que hacer aún más mísera la vida a sus siervos. Pero aquellos viajes tenían sus cosas buenas, pensó el hombre, mientras observaba cómo la chica aceleraba un poco más el paso alejándose como una tonta de la ciudad.
Era una muchacha hermosa, con los cabellos muy rubios, la piel muy blanca y el vestido muy encarnado. Era de noble alcurnia, de eso no había ninguna duda, pero cuando la había visto se paseaba sola por una calleja a la luz suave de las antorchas. Cualquier cosa que pudiera pasarle, como le iba a pasar, sería culpa del idiota de su padre por no protegerla como era debido. Lo que no había decidido era si la mataría o no después de violarla. Quizás con dejarla inconsciente en algún rincón oscuro sería suficiente, o incluso podría abandonarla en el jardín de alguna de aquellas casuchas. Con un poco de suerte la culpa recaería sobre el campesino simplón de turno, que tendría demasiado miedo incluso para negar las acusaciones. Y mientras tanto él ya estaría lejos, siguiendo a su señor hacia otra nueva ciudad, donde pudiera ponerle un bastardo a otra mujer en el vientre. Le gustaría saber cuántos tendría ya, y cuanta de su semilla estaría creciendo en secreto en la noble cuna de algún Señor estúpido que se había casado sin saber que el hijo que llegaba demasiado pronto no era suyo, sino de un vulgar soldado.
Dejó todo pensamiento de lado cuando la hermosa muchacha, que se perdía ya en la oscuridad cerrada del bosquecillo en que se encontraban, se detuvo sintiéndose acorralada. Ya no podía seguir adelante sin extraviarse en el interior del bosque, donde podían sucederle cosas aún peores que encontrarse con un penetrando su doncellez.
- Vamos guapa – le dijo -. Ven aquí conmigo. Hablaremos un rato y te llevaré a casa.
La chica se giró. Tenía los ojos de un precioso color azul en el que se adivinaba algo que podría parecer malicia o lujuria, o eso quiso creer él. El viento, a su alrededor, vibró con la excitación del hombre, que vio inflamada su pasión al ver que la tonta de la chiquilla ni siquiera iba a formar un alboroto.
- ¿De veras me acompañarás a casa? – dijo la joven con un acento extraño, fuerte, llevándose un dedo a los labios dudando de su veracidad.
Su forma de moverse conseguía insuflar aún más excitación al cuerpo ya ávido del hombre.
- Claro pequeña – respondió el soldado acercándose, aflojándose el cinturón.
Alcanzó a la chica en dos zancadas y diciéndole que sólo quería descansar un rato la sentó en la hierba húmeda. Le acarició el costado, los cabellos, y empezó a subirle las pesadas faldas del vestido hasta la rodilla manoseando sus piernas delicadas mientras le decía las cosas más estúpidas para mantenerla relajada. Ella se limitaba a mirarle, dejándose hacer, mientras la oscuridad parecía crecer a su alrededor proporcionándoles un ambiente más íntimo.
El soldado ya no pudo soportar más la espera. La hermosura de la muchacha y su falta de desprecio, su mansedumbre, hacían que, en cambio, deseara poseerla con salvaje voracidad. Por el simple hecho de que ella no iba a impedírselo, la muy estúpida.
Le tomó el rostro entre las manos ásperas y la atrajo hacia sí sin mucha suavidad, y la besó. Cuando ella no trató de apartarse, el hombre sintió que los calzones le apretaban. Era consciente de que su barba debía estar lacerando la piel fina del rostro de la muchacha, y la idea le gustaba. Le mordió el labio, quizás con más fuerza de la que solía utilizar pero lo único que hizo ella fue estremecerse. El hombre empezó a pensar que quizás le estaba gustando, porque otra ya se habría puesto a chillar. Se apartó un poco para mirarla, y tuvo la sensación de que ella le estudiaba con la mirada, como si lo evaluara. Pero en esos momentos el soldado era incapaz ya de pensar. Se aflojó los calzones y le acabó de subir la falda a ella, todo en un movimiento rápido y brusco para evitar que reaccionara y tratara de escapar. El viento aulló a su alrededor con un sonido vibrante.
- Vamos a hacer una cosa, guapa – dijo el hombre tumbándola sobre la hierba, sujetándole hábil y experimentadamente las manos mientras se incorporaba para ponerse entre sus piernas -. Ahora vas a dejar que te penetre, y no me molestarás demasiado con tus quejas. Y si te portas bien, te dejaré volver después a tu casa. ¿Queda claro?
Por supuesto, su respuesta no le importaba. Movió las caderas y entró en ella sin ninguna suavidad, ávido y desesperado por sentir lo que prometía ofrecerle aquel cuerpo. Jadeó sobre la chica mientras se movía con ímpetu, con brutalidad. Ella simplemente se amoldaba a sus compases. Fantaseando con que a ella le gustaba lo que le hacía, el hombre le soltó las manos para sobarle los pechos y le mordió el cuello, la clavícula y los labios. Apretó, pues ella no parecía oponerse.
- Puedes gritar si quieres – le dijo en un jadeo ronco mientras aceleraba el ritmo y la profundidad de sus movimientos -, nadie va a oírte desde aquí.
- A ti tampoco.
Miró a la muchacha, pero apenas pudo percatarse de que su expresión era tan lujuriosa como la suya porque se preguntaba cómo la joven había conseguido darse la vuelta y estar ahora a horcajadas sobre él. Había sido un movimiento rápido y brusco, que implicaba una fuerza bruta que la doncella no parecía poseer. Tampoco parecía pesar mucho, pero era incapaz de moverse. Y aunque no sólo el rostro feroz de la joven, sino también el frío casi palpable a su alrededor y los susurros extraños del viento le decían que debía tener miedo, el deseo podía más. El soldado jadeó cuando ella se movió encima suyo; se encontraba sumido en un éxtasis tal que le impedía asustarse ante la tenebrosa irrealidad de aquella situación.
- ¿Nos tomarás a nosotras también después?
El soldado giró la cabeza, asustado, ante la frialdad de aquella voz aguda. Lo primero que vio fue que el paisaje se había oscurecido a su alrededor, salpicándolo con un tinte rojizo innatural que parecía ocultarse tras la neblina densa que hacía que el aire fuera frío y opresor. Pero no fue eso lo que hizo que se le secara la boca. Otras dos jóvenes, una morena y una pelirroja pero igual de hermosas que la que cabalgaba sobre él con sinuosa elegancia, habían aparecido desde el bosque y estaban dejando caer sus vestidos quedando desnudas para él. Sus expresiones eran de avidez y sus sonrisas afiladas. Sus ojos brillaban como carbones, como si pudieran ver fácilmente en aquella siniestra oscuridad.
- Si te portas bien, te dejaremos volver a casa – dijo la morena, con el mismo acento vibrante y extraño que la otra, usando sus propias palabras.
El hombre empezó a dejarse llevar por el temor. Ni siquiera el placer que sentía en el bajo vientre lo anestesiaba contra el peligro del que quería prevenirlo su mente.
- No, no lo haremos – intervino la pelirroja riéndose -. No te dejaremos volver.
En aquel momento el miedo que había latido sutil en el alma del hombre afloró a la superficie. Ya no pudo ocultarse que intuía la mano del demonio sobre aquellas muchachas desabridas y lujuriosas. Pudo ver ahora en ellas una sonrisa más agresiva que inocente, una mirada diabólica. La oscuridad las rodeaba y las lamía como si estuviese viva. Fue entonces cuando quiso huir y se puso tenso, tratando de imponerse al deseo, que trataba de mantenerlo donde estaba hasta que llegara al final y se aliviara.
El hombre gritó, pero no de placer sino de terror cuando la chica rubia le clavó unas uñas que parecían garras en el pecho, traspasando el jubón, la camisa y su piel. Cuando la miró vio una mueca horrible en su rostro, agresiva, divertida y cruel a un tiempo. Era un rostro inhumano, tan diferente de su belleza anterior. Y cuanto más placer la embargaba más profundas le clavaba las uñas, cual si así su placer se intensificara. El soldado notó cómo la ropa se empapaba de su propia sangre, extendiéndose con la misma rapidez que el dolor. Las otras dos criaturas se acercaron y se arrodillaron junto a él, ávidas de participar de la brutal orgía. empezaron a acariciarle pelo, cuello y rostro dejando arañazos a cada roce de sus dedos. Los surcos profundos le hicieron gritar, mientras la criatura que se mantenía a horcajadas sobre él seguía utilizándolo para su propio placer. Sabiéndose en peligro de muerte, abocado a un infierno en la propia tierra y temiendo lo que pudiera llegar después de que la muerte lo acometiera, quiso encontrar una vía de escape. Entre la niebla danzarina y murmurante vio que había otra joven más algo alejada, apoyada en un árbol. Su mirada no era amable, pero tampoco reflejaba la misma malicia que la de las otras. El soldado la observó con esperanza; si podía esperar alguna compasión, era de esa. Trató de extender un brazo hacia ella, y se dio cuenta de que de sus músculos colgaban tiras de piel.
- ¡Ayúdame! – le gritó -. ¡Por el amor de Dios, ayúdame!
Le pareció que sonreía con amargura.
- Esto te lo has buscado tú – respondió la joven con acento francés y voz inexpresiva -. Muérete rápido, será lo mejor para ti.
Hizo una pausa.
- Ahora sabes lo que se siente.
- No seas aguafiestas, Adrianne – gruñó la pelirroja.
La interpelada se dio la vuelta y se alejó, encaminándose hacia la beata población de Rocamour, y a su fortaleza. Desde allí, los gritos no se oirían. Al menos aquellos.
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